El Espíritu está moviendo la Iglesia

holy-spirit_298_1024x768Por JONATHAN E. RODRÍGUEZ CINTRÓN  Lucas sin duda es mi evangelio favorito.  Para mi Lucas dibuja un rostro de Jesús muy gentil, muy inclusivo, un Jesús muy social, atemperado con la realidad sociológica que se vivía en su presente histórico y sin duda con un mensaje muy de avanzada.  En Lucas el Reino de Dios siempre parece ser algo que se pierde y luego es encontrado, los protagonistas del mensaje cristocéntrico en Lucas siempre son los marginados/as de la tierra.  María la madre de Jesús, la viuda, el hijo pródigo, la mujer adultera, los niños, la mujer encorvada.

La historia de la mujer encorvada siempre me llamó la atención.  Una mujer que según el pasaje estuvo atada por Satanás durante 18 años, obligándola a vivir encorvada.  Ésta mujer entró a la sinagoga un sábado y muy probablemente se dirigió al rincón oculto donde las mujeres que entraban a la sinagoga iban, solo a escuchar en silencio, como sino existieran.  Sin embargo, no contaba con que Jesús de Nazaret notaría su presencia.  Es importante hacer hincapié en que ya con el hecho de ser mujer en el presente histórico del pasaje, era suficiente marginación, sin embargo también estaba enferma. 

Culturalmente las enfermedades eran vinculadas con actividad demoníaca, por lo que no nos debe extrañar que el escritor lucano, recurra a esa descripción de la mujer.  Ahora bien, el pasaje me toca pues dice que Jesús la vio.  Jesús notó su presencia, supo que estaba ahí, la reconoció y la llamó al frente y la sanó.  Su sanidad no quedó solo en la actividad física, pues al ser interpelado por el jefe de la Sinagoga por sanar sábado, Jesús responde: “¡Hipócritas! ¿Acaso no desata uno de ustedes su buey o su burro en sábado, y lo saca del establo para llevarlo a tomar agua? Sin embargo, a ésta mujer, que es hija de Abraham, y a quien Satanás tenía atada durante dieciocho largos años ¿no se le debía quitar esta cadena en sábado?  Su sanidad fue integral, pues luego de sanar su cuerpo, Jesús sanó su espíritu dándole el lugar que le correspondía en la sociedad, una hija de Abraham, un lugar en equidad con los hombres poderosos de la época.

La lectura éste pasaje, y la inmensa evidencia contundente sobre la filosofía cristocéntrica, ha hecho que como cristiano cuestione los andamiajes que sostienen nuestras iglesias en el presente histórico que vivimos.  Como sociólogo y activista de los derechos civiles y humanos, me he tenido que enfrentar a diario con los fariseos del siglo 21 y sus andamiajes de poder.  Quizás ese enfrentamiento es aún más fuerte pues se da en el mismo contexto, dentro de la iglesia, no solo soy sociólogo y activista, sino que también me profeso como cristiano.  Si me pregunta, este último mes esas dos cosas me parecían totalmente opuestas.  Por un lado mis convicciones empíricas y por el otro mi fe en un Jesús promotor de la equidad el respeto, la justicia, el amor y el perdón.  ¿Cómo puede eso parecerme incongruente?

La iglesia debe ser signo y señal del Reino de Dios, partiendo de esa premisa, cómo la iglesia, ha esos efectos, ha hecho su trabajo.  En mi país, un sector muy amplio de la iglesia ha sido muy vocal en su rechazo por las diferencias.  El gobierno en Puerto Rico, decidió dar un paso en busca de la equidad, la respuesta de ese sector que representaba la iglesia, fue iniciar una campaña de odio y desinformación.  Aquellos/as que fuimos vocales en nuestras convicciones a favor de la equidad fuimos personalmente atacados, fuimos apedreados por la opinión pública que mientras arrojaban las piedras decían: “Dios les ama, pero aborrece su pecado”.  No se a usted que me lee, pero a mi me ese rostro de Dios que mostró la iglesia no era precisamente el Jesús que sanó a la mujer encorvada.  Definitivamente eso me llevó a pensar, “yo no tengo porque vivir este tipo de triangulizaciones, mi trabajo secular nunca me ha llevado a éste tipo de situaciones” .  Y aun cuando mi comunidad de fe es un espacio donde mis pastores afirman la inclusividad en todas sus manifestaciones, decidí alejarme de la iglesia e invertir mi domingo en ir a la playa.

No quería ser identificado como cristiano, ser un cristiano diferente me parecía insuficiente, la estructura nunca va a cambiar.  Como la mujer encorvada llegué a North Carolina el pasado fin de semana.  Como aquella mujer escogí mi rincón, estando allí por el compromiso, más que por cualquier otra cosa.  Lo que no sabía era que Jesús me vería, me reconocería, me llamaría y me sanaría.  Jesús me vio a través de los ojos de los hermanos/as, a través de cada plática y sermón allí esbozado con todo el poder de Dios, Jesús me vio a través de otros/as que allí esbozaron tener las mismas luchas que yo, los mismos sueños que yo, así Jesús me vio y me reconoció tal cual soy.

Jesús me llamó, hizo que ardiera en mi corazón esa llama wesleyana que hizo vibrar nuestra iglesia hasta el presente siglo.  Me llamó al escuchar su voz en cada sermón, un cambio en la estructura ya no suena imposible, suena imperante.  La iglesia puede que esté muriendo, pero allí Dios hizo claro que nos llama al ministerio sanador de la inclusividad, solo así sanaremos el mundo, solo así seremos singo y señal del reino de Dios en nuestro mundo.  Jesús me sanó, allí y de la forma más inesperada, aquellos que me conocen saben porque fue tan inesperada, Jesús de Nazaret sanó mi corazón.  Afirmó mi fe, afirmó mis sueños, mi ministerio y me invitó a ser un medio de sanidad para otros/as que como yo han vivido el rechazo más agudo de la iglesia intolerante.

Soy la mujer encorvada, soy un gentil, soy la mujer adultera, soy el hijo pródigo, soy María, soy los pastores que llegaron a Belén, soy los leprosos, soy un ser humano, soy hijo de Dios, soy minoría pero soy posibilidad en las manos de Dios.  Soy llamado a ser coparticipe con Dios de la transformación de todo lo creado.  Soy llamado a crear espacios de inclusividad, pues solo mediando la inclusividad, seremos hábiles para desarrollar un ministerio sanador.  Fue un fin de semana muy racional y espiritual, Dios me sorprendió al verme, reconocerme llamarme y sanarme.  Definitivamente el Espíritu está moviendo la iglesia.

Comments

  1. Hector Burgos says:

    Muchas gracias por esta reflexion – me llena de esperanza ver a la nueva generacion tomando/reclamando su lugar con autoridad y humildad – ADELANTE.

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